EL CLIMA


lunes, 16 de noviembre de 2015

¿Existe la psicopatia infantil?



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CARLOS H. VÁZQUEZ


Por ejemplo, Eric Smith, que en 1994 asesinó a Derrick Robie estrangulándolo, desfigurándole el rostro con rocas y, por último, sodomizándolo. Derrick contaba con cuatro años cuando Eric acabó con su vida. La británica Mary Bell, de diez años, cortó los genitales y el pelo de un niño de tres años de edad llamado Brian Howe. Para terminar con su sufrimiento, lo ahorcó. 




Joshua Phillips, de catorce años, golpeó a una vecina hasta la muerte. Ella tenía ocho años, pero lo más inquietante del caso es que Joshua escondió el cadáver bajo la cama. Cuando el olor de la descomposición hizo acto de presencia y el chico confesó a su madre el crimen, apuñaló el inerte cuerpo hasta más de once veces.

Hay cientos de historias similares, tanto muy antiguas (Jesse Pomeroy en 1874 o Cayetano Santos "El Petiso Orejudo" en 1904) como actuales (Natsumi Tsuji en 2004 o Jordan Brown en 2009). Pero en todas ellas la crudeza es tan reveladora que ni las leyes son capaces de abarcar las penas. ¿Qué hacer con ellos?

La niña de la rabia

La locura y el trastorno, cobijados desde que la persona nace, están aletargados, esperando para subir a la superficie en el peor momento del ser que han invadido desde que el mundo es mundo. La pequeña Beth tuvo la desgracia de conocer a estos dos demonios de la enfermedad mental demasiado pronto. 

Beth Thomas y su hermano Jonathan fueron adoptados por Tim y Julie Tennant, pero ella no los veía como padres, sino como fuentes de dolor, igual que a sus progenitores originales, exactamente el padre, un alcohólico que estaba en la cárcel por los delitos de violación, tortura e intento de homicidio, el cual abusó de ella cuando contaba con apenas diecinueve meses. 

El odio de Beth se extendió por dentro hasta el punto de generarle una psicopatía terrible en la que el sentimiento de culpa era inexistente. Para sobrevivir en aquella circunstancia, la pequeña fingía pedir perdón: «Cuando hago daño a otras personas me hago daño a mí misma». Los padres adoptivos no sabían nada del pasado de su hija hasta que la pusieron en tratamiento, entonces supieron que Beth padecía trastorno reactivo del apego.

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