EL CLIMA


sábado, 31 de octubre de 2015

Reproducimos aqui otra impactante historia publicada por nuestra amiga JULIA POMPOSO


PARA ENLAZARSE CON JULIA POMPOSO PINCHAR AQUI

http://juliaminerva-miviejor.blogspot.com.ar/


La noche pasada no podía dormir, me encontraba muy inquieta y sentía una molestia que no sabría definir. No sabía que me estaba ocurriendo porque no me dolía nada. Supongo que el estar dando vueltas y más vueltas en la cama no ayudaba y me iba poniendo cada vez más nerviosa, así que decidí levantarme y salir a dar un paseo por los alrededores. En ese momento debían ser las dos de la madrugada aproximadamente.

Vivo a las afueras de un tranquilo pueblecito un poco apartado del mundo; está situado en el centro de un valle y rodeado por un hermoso paisaje de montañas y bosques. Por lo tanto el salir a pasear a esas horas puede resultar extravagante pero no peligroso.




Mi casa es pequeña, pintada de blanco y con la puerta y ventanas de color azul. Está situada al borde del camino de árboles un poco retorcidos, es la última casa del pueblo. Mirando hacia el fondo del camino se pueden distinguir las altas tapias del Camposanto y la gran verja de entrada flanqueada por dos enormes cipreses y por la que se vislumbra parte del interior del pequeño cementerio y justo hacia allí encaminé mis pasos, con el único fin de cansar el cuerpo y tranquilizar el espíritu que por lo visto, aquella noche había decidido no dejarme dormir.


Caminaba despacio mientras me arrebujaba en mi chal de lana puesto que a aquella hora de la madrugada solía refrescar.

Según me acercaba empecé a distinguir unas lucecitas que en un principio tomé por luciérnagas, pero cuando estuve mas cerca me dí cuenta que no se movían por el suelo sino que parecían flotar. Al llegar delante de la verja observé que estaba abierta, cosa que me sorprendió bastante, ya que Damián el sepulturero y que también hace las veces de jardinero, es muy cuidadoso en su trabajo y jamás se había dejado el recinto abierto.

Pero aquella noche parecía que hubiese presentido mi visita y me estuviese esperando.

Atravesé la verja atraída por las luces que se movían de acá para allá por entre las tumbas.

La luna no alumbraba demasiado aquella noche y me llevó un buen rato darme cuenta de que se trataba. Eran un grupo de personas que vestían sendas capas negras y cuyas capuchas ocultaban sus rostros. Cada uno de ellos llevaba una vela encendida en la mano y todos parecían muy atareados, aunque no imaginaba que podían estar haciendo a esas horas tan intempestivas ni mucho menos comprendía quien podrían ser esos misteriosos encapuchados. No soy demasiado miedosa, pero aquello empezaba a inquietarme


De pronto, advirtieron mi presencia y todos, como obedeciendo a una invisible señal, comenzaron a reunirse en un mismo punto y sin poder controlar mi curiosidad, me fui acercando hasta allí. Al estar todas las velas juntas pude por fin distinguir sus rostros y para mi sorpresa, descubrí que todos me eran familiares. Estaban Pedro, el anterior sepulturero que había muerto hacía un par de años; también estaban Doña Adela y Doña Aurora, ambas habían sido maestras de mi infancia y el anterior párroco, el padre Ambrosio fallecido hacía casi diez años, así hasta un total de doce personas. Todas estaban alineadas frente a mí y me sonreían. De pronto se fueran apartando y tras ellos apareció una mesa a la que se encontraban sentados mis padres, mis abuelos y algún que otro familiar fallecidos. Todos me hacían gestos con la mano para que me sentase a la mesa con ellos.


¿Qué estaba ocurriendo? ¿Qué clase de broma macabra era aquella y que hacían todos aquellos difuntos allí? De pronto, lo comprendí todo; no era real, se trataba de un sueño o mejor dicho, en este caso, de una pesadilla ¿O no?. ¡Vaya ahora lo entiendo! Después de todo, la noche anterior si que había conseguido dormirme, lo que parecía que no había conseguido era ¡¡DESPERTAR!!

Julia L. Pomposo

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