EL CLIMA

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lunes, 1 de octubre de 2012

CABILDO ALGUNA HISTORIA

















El 11 de junio de 1580, llega Juan de Garay, quien funda por segunda vez nuestra ciudad. Según las Leyes de Indias, alrededor de una plaza, llamada Plaza Mayor, clava un Palo o Picota de la Justicia, marcando el lugar en el que debía construirse el Cabildo. Luego, con una cruz, marca el lugar de la iglesia( que es nuestra Catedral, pero que en realidad, Garay había dispuesto que la iglesia estuviera más cerca de lo que hoy es la Casa Central del Banco Nación), y finalmente marca el lugar en donde se debía construir la sede del gobierno, llamado Fuerte( donde hoy está la Casa Rosada).
El Cabildo era una institución que tenía funciones administrativas, municipales, judiciales, y de policía. La palabra “Cabildo” viene del latín “Capitulum” que significa “a la cabeza” de una región o ciudad. Nuestro Cabildo estaba a la cabeza del Virreynato del Río de la Plata, y como todos los cabildos de importancia, tenía torre ( los cabildos menos importantes, como el de Luján, no tenían torre). Se dice que el Cabildo como institución, proviene de los Moros, quienes estuvieron dominando España muchos años.
Antes de tener edificio propio, la institución del Cabildo se reunía en casa de los cabildantes, hasta que en el año 1725 empieza su construcción, bajo los planos del Padre Jesuita Andrés Bianqui. El Cabildo termina de construirse en 1752.
Durante las Invasiones Inglesas, y la Revolución de Mayo, el Cabildo es testigo importante de los mencionados hechos. Dicho Cabildo, que hemos visto hasta el cansancio en las láminas del Billiken, tenía 11 arcos con su respectiva galería, una torre y un reloj español. Con respecto a las galería, a la misma se la llamaba “Callejón de Ibáñez: según cuenta la historia, dicho callejón se encontraba en la actual Av. Cabildo, en camino del Alto a San Isidro, en donde había un tramo sinuoso con matorrales y arboles que cruzaban los terrenos de un tal Ibáñez, y más tarde de la señora de Laprida. Ese callejón era peligroso por la inseguridad que había allí en esos tiempos. De manera que, haciendo un paralelo, a la galería del Cabildo se la llamaba “Callejón de Ibáñez”, porque al tener esta institución funciones de justicia, en la galería transitaban muchos abogados con malas intenciones, los cuales ya en esa epoca eran mal mirados por sus acciones. Anteriormente, en dicha galería, se exhibían los muertos, para que fueran sus cuerpos reclamados por sus deudos: el lector se imaginará el olor fétido y la suciedad que había por la zona. Dicha costumbre fue abolida en la epoca de Rivadavia.  El primer reloj del Cabildo, paradójicamente, fue comprado por contrabando, y el vendedor de dicho reloj, tardó años en cobrarlo( menos mal que en el Cabildo se practicaba justicia!).
El Cabildo como institución, cesa sus funciones en 1821, durante el gobierno de Martín Rodríguez, y pasa a ser Casa de Justicia.
Años después, nuestro Cabildo sería víctima de varios daños y destrozos, los que detallaré a continuación.

Las reformas edilicias: la vejación de la historia

Increíblemente, todos los arquitectos que tuvieron que ver con el Cabildo, tenían apellidos que empezaban con “B”:
Andrés Bianqui( en 1725), Pedro Benoit( en 1880), Mario Buschiazzo( en 1940), y Alejandro Bustillo (1960).
Se puede decir que la primera gran reforma del Cabildo tiene que ver con su reloj: la Municipalidad de Buenos Aires, adquiere en 1860 un reloj inglés de la casa “Twaites and Reed” de Londres. Se saca el reloj español, y se lo coloca en la actual iglesia de Balvanera (actualmente se ignora su paradero). Lo curioso, es que este reloj español fue comprado en su momento de contrabando, y el que lo vendió tardó años en cobrarlo: importante paradoja, teniendo en cuenta que en el Cabildo se impartía justicia. El reloj inglés es colocado en 1861, reformando la torre del Cabildo, pues dicho reloj tenía tres esferas.
En 1879 hubo epidemia de reformas de edificios históricos, y por ley, el Cabildo no será la excepción. Se invierten 2.000.000 de pesos, y se designa al arquitecto Pedro Benoit para reformar al Cabildo en forma importante: se le agregan pisos a la torre, se le azuleja la cúpula, se reforman columnas y balcones al estilo renacentista, se ponen pisos de parquet, y se empapelan las paredes: el resultado es un verdadero adefesio.
En 1884 se aprueba una ley para iniciar la construcción de la Avenida de Mayo, y se mutila al Cabildo: se le sacan 3 arcos para que pase dicha avenida, y se demuele la torre porque al estar asimétrico el edificio había peligro de derrumbe. Al demolerse la torre, se saca el reloj inglés y se lo coloca en una de las torres de la Iglesia de san Ignacio donde se lo puede ver actualmente.
En 1931, a causa de empezar a construirse el trazado de la Av Hipólito Yrigoyen , se lo vuelve a mutilar y se le sacan otros 3 arcos del ala derecha. De esta manera, el Cabildo mutilado queda como una gran “caja de zapatos” en medio de la ciudad
Finalmente en 1933 se lo declara monumento nacional por Ley 11.688, y se le encarga al arquitecto Mario Buschiazzo remodelar el edificio y dejarlo parecido al original. Se hace una réplica de la torre original y se le pone un reloj. Lo demás, incluyendo la sala capitular y las galerías, son ambientes originales del edificio.Se reinaugura en 1940.
En 1960, el arquitecto Alejandro Bustillo remodela la Plazoleta del Cabildo y amplía el edificio construyendo la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos( ala norte).

sábado, 19 de mayo de 2012

CABILDO ABIERTO


El cabildo abierto era una modalidad extraordinaria de reunión de los pobladores de las ciudades hispanoamericanas, durante la colonización española, en caso de emergencias o desastres. Usualmente, las ciudades coloniales estaban gobernadas por cabildos, instituciones de tipo municipal integrados por funcionarios designados por las autoridades coloniales, pero en casos de emergencia, el cabildo podía convocar a cabildos abiertos integrados por los vecinos.

En el inicio de las Guerras de Independencia Hispanoamericana los cabildos abiertos jugaron un rol revolucionario decisivo, actuando como órganos de participación popular con capacidad para destituir a las autoridades coloniales y establecer gobiernos autónomos.

Modernamente, algunos países latinoamericanos denominan cabildos abiertos a las asambleas populares convocadas por los gobiernos municipales con el fin de tratar y decidir asuntos de importancia pública local.

El término se ha trasladado al lenguaje moderno para referirse a la realización de reuniones populares abiertas con el fin de tomar decisiones.

Los cabildos abiertos tradicionales
En Hispanoamérica, durante la colonia, el cabildo abierto consistía en la reunión de los vecinos de una ciudad en casos de emergencia. Usualmente eran convocados por el cabildo, invitando solo a los vecinos quer consideraba más importantes ("la parte más sana y principal"), excluyendo por regla general a los criollos pobres, indígenas, mujeres, esclavos y mestizos y demás población

La reunión solía celebrarse en el recinto del cabildo o en alguna iglesia. Los cabildos abiertos atribuían a la parte representativa de la ciudad el derecho a deliberar sobre cuestiones que por su naturaleza requerían una solución extraordinaria. Las personas convocadas eran designadas por el cabildo invitante sin intervención del pueblo y constituían la aristocracia local. Con todo, la circunstancia de llamarlas para deliberar con el cabildo ordinario daba a estas asambleas un carácter más democrático.

Durante los primeros siglos de la dominación española los cabildos abiertos no tuvieron demasiada importancia política y fueron convocados con fines diversos, entre ellos:

Acordar donativos.
Adoptar medidas contra los indios.
Contratar los servicios de un médico.
Escuchar la lectura de una cédula real.
En los años iniciales de la Conquista de América abundaron los cabildos abiertos, pero esta manifestación de soberanía popular se hizo cada vez menos frecuente, en la medida que las corporaciones se burocratizaron y pasaron a ser controladas de manera monopólica por la aristocracia española y criolla.

[editar] Origen del Cabildo Colonial en VenezuelaEl origen del Cabildo en Venezuela guarda relación con la fundación de las primeras ciudades en el siglo XVI. En efecto, cuando se fundaba una ciudad, el Adelantado designaba entre tus hombres los regidores y alcaldes que irían a constituir el Cabildo de la nueva población.

Este Cabildo, Ayuntamiento o Concejo, era el representante legal de la ciudad, el órgano de la autonomía municipal, por medio del cual los vecinos velaban por los problemas administrativos, económicos y políticos del municipio. Su estructura y composición fue semejante a la que tuvieron los Cabildos de España; pero tus atribuciones variaron y también su importancia política, debido a las condiciones especiales que tuvo la sociedad de una colonia y por eso se formo el cabildo abierto.

La forma de proveer los cargos del Cabildo varió durante el período colonial. Al comienzo, el fundador de la ciudad designaba a los miembros del Cabildo, de acuerdo con una de las Leyes de Indias, que disponía lo siguiente:

"El que capitulare nueva población de ciudad, villa o colonia, tenga la jurisdicción civil y criminal en primera instancia por los días de su vida, y de un hijo o heredero, y pueda poner alcaldes ordinarios, regidores y otros oficiales del Concejo del mismo pueblo".

A fines del siglo XVI (1594), se estableció por ley una nueva forma de proveer los cargos, según la cual:

"...los oficios de regidores no se provean por elecciones ni suertes, sino que se rematen en pública almoneda, prefiriendo a los descubridores y pobladores y sus descendientes, Que los regimientos de las ciudades en ninguna forma se rematen en personas que no tengan las partes y calidades que se requieren, poniendo mayor atención a la suficiencia que al precio".

Con la adopción de este sistema, los cargos del Cabildo no se elegían, sino que se vendían en subasta, y sólo podían comprarlos los descendientes de los primeros pobladores, es decir, los criollos. En esa forma, el Cabildo perdió todo carácter popular y democrático y se convirtió en un organismo dominado por la oligarquía criolla.

[editar] Composición del Cabildo ColonialA fines del período colonial, los Cabildos estaban constituidos por regidores, alcaldes ordinarios, alférez real alguacil mayor, fiel ejecutor, procurador, escribano, mayordomo, depositarlo y el personal subalterno.

Los regidores ejercían el gobierno de la ciudad; eran como lo dice su nombre, quienes regían y controlaban la vida municipal. EI número de regidores del Cabildo variaba de acuerdo con la importancia de la población. En las ciudades capitales de provincia, el Cabildo se componía generalmente de 12 regidores. El de la ciudad de Caracas llegó a tener 16 regidores. En las ciudades del interior el Cabildo contaba con seis u ocho regidores. En las villas se componía de cuatro. Desde fines del siglo XVI, el gobierno español dispuso que los cargos de regidores fueran vendible y renunciables.

Los alcaldes ordinarios eran dos funcionarios elegidos por los regidores el primero de enero de cada año. Esta elección debía hacerse entre los vecinos y naturales de la ciudad, y además, como en el caso de los regidores, preferir a los primeros pobladores y sus descendientes. Los alcaldes ordinarios dirigían la vida de la ciudad, presidían el Cabildo y eran la primera autoridad municipal. Su atribución más importante era administrar justicia en primera instancia en lo civil y criminal. Los alcaldes ordinarios tuvieron también la facultad de ejercer el gobierno interinamente en caso de muerte o ausencia del gobernador de la provincia.

El alférez real era un funcionario con voz y voto en el Cabildo, con derecho a suplir a los alcaldes ordinarios en caso de muerte o ausencia. Estaba encargado de llevar el pendón real en las ceremonias públicas y tenía el mando de las milicias del Cabildo. Era oficio vendible.

El alguacil mayor, funcionario encargado de hacer cumplir los acuerdos del Cabildo, perseguir los juegos prohibidos, practicar detenciones, hacer la ronda de la ciudad, etc. Podía entrar con armas al Cabildo. Su cargo era también vendible.

El fiel ejecutor, funcionario encargado de los abastos de la ciudad, fijar los precios al detal, controlar las pesas y medidas, y todo lo relativo al aseo y ornato de la población.

El procurador era el representante legal del municipio, elegido por los regidores. El procurador debía intervenir en todos los casos de venta, composición y repartimiento de tierras y solares. El escribano se encargaba de llevar el libro de acuerdos del Cabildo y el libro de asiento de los depósitos que se hicieran: el depositario, nombrado por el Cabildo, tenía a su cargo la custodia de los bienes en litigio.

[editar] AtribucionesLas atribuciones del Cabildo colonial eran de tres tipos: judiciales, administrativas y políticas. Las judiciales -administrar justicia en primera instancia- las ejercía el Cabildo por medio de los alcaldes ordinarios. (Alcalde es palabra de origen árabe, que significa juez).

Las atribuciones administrativas consistían en: administrar los ejidos de la ciudad, repartir tierras y solares entre los vecinos, cuidar del abastecimiento de la población, de su aseo y ornato, de los precios, pesas y medidas. Estas funciones las cumplía el Cabildo por medio de sus regidores, alférez real, alguacil, procurador y demás funcionarios municipales.

Las atribuciones políticas fueron:

a) El privilegio de que sus alcaldes ejercieran el gobierno interinamente por muerte o ausencia temporal del gobernador.

b) La prerrogativa de reunirse en Congreso o Junta de Municipalidades, para discutir y resolver cuestiones importantes de su jurisdicción.

c) El derecho de enviar procuradores a suplicar al Rey ciertas medidas favorables a la colonia.

d) Suspender el cumplimiento de órdenes llegadas de España cuando las consideraran perjudiciales a los usos y costumbres o que pudieran alterar el orden público. En estos casos, el Cabildo apelaba directamente al Rey para solicitar la suspensión o modificación de estas órdenes.

[editar] El ejercicio del gobierno interino por los Alcaldes OrdinariosLos Alcaldes Ordinarios gozaron de la prerrogativa de gobernar interinamente en caso de muerte o ausencia temporal del gobernador de la provincia. Este privilegio les estaba conferido en las Leyes de Indias, en una de las cuales se dice al respecto:

"Si muriese el gobernador quedan interinos por gobernadores los alcaldes ordinarios".

En la provincia de Venezuela, este derecho a gobernar interinamente lo ejercieron los Alcaldes Ordinarios por más de ciento cincuenta años, y su evolución fue así:

1) En 1557, el gobernador de la provincia de Venezuela, Alonso Arias de Villacinda, dispuso en su testamento que a su muerte, gobernaran interinamente los Alcaldes Ordinarios, cada uno en su jurisdicción.

2) En 1560, una Junta de Municipalidades de la provincia de Venezuela, reunida en Barquisimeto, envió como Procurador ante la Corte a Sancho Briceño, a solicitar del Rey la confirmación del privilegio concedido en el testamento del gobernador Arias de Villacinda. El Rey Felipe II confirmó el privilegio en real cédula del mismo año de 1560.

A partir de entonces, cada vez que ocurría alguna vacante en la gobernación de la provincia, los alcaldes asumían el gobierno en su respectiva ciudad. Esta real cédula de 1560, dice al respecto:

"El Rey. Por cuarto Sancho Briceño, en nombre de las ciudades y villas de la provincia de Venezuela, me ha hecho relación que muchas veces acaece estar la dicha provincia sin Gobernador, por fallecer los que eran por previsión nuestra durante el término de su Gobernación... a cuya causa padecían detrimento y estaban sin justicia los vecinos y naturales de aquella tierra... me suplicó que mandase cuando acaeciese caso semejante de morir el Gobernador...antes de Nos haber proveído otro en su lugar, gobernasen los Alcaldes Ordinarios, cada uno en su jurisdicción...é yo, acatando lo susodicho, helo habido por bien...por ende, por la presente declaramos y mandamos que cada é cuando acaeciera muerte de nuestro Gobernador de dicha provincia, antes de Nos haber proveído otro en su lugar, gobiernen en cada una de las ciudades y villas de ella, los Alcaldes Ordinarios que en tales pueblos hubiere ..."

3) En 1676, el Cabildo de Caracas pidió al Rey que autorizara a sus alcaldes ordinarios para que ejercieran interinamente el gobierno en toda la provincia. Es decir, que los Cabildos de la ciudades y villas del interior, quedaran en tales casos bajo su autoridad. Para justificar su petición, el Cabildo de Caracas alegaba que sus alcaldes ordinarios "eran individuos de mucha calidad y que en las otras ciudades y villas de la provincia tenían escaso número de vecinos y en algunas eran mulatos los alcaldes". El Rey accedió a la solicitud y por real cédula del mismo, año, autorizó a los alcaldes ordinarios de Caracas para que ejercieran el gobierno en toda la provincia cada vez que ocurriera ausencia del gobernador. Es decir, en 1676, el Rey de España consagró la hegemonía del Cabildo de Caracas sobre los otros Cabildos de la provincia, concediendo a sus Alcaldes Ordinarios el derecho de gobernar interinamente toda la provincia. Esta Real Cédula dice al respecto lo siguiente:

"El Rey. Por cuanto don Fray Antonio González de Acuña, Obispo de la Iglesia Catedral de Caracas, el Cabildo Eclesiástico y la ciudad de Caracas...han dado cuenta de que por muerte del Gobernador de aquella provincia quedaban gobernando los Alcaldes Ordinarios y dicen es; muy necesario que se mande que los que fueren de la ciudad de Caracas tengan la superintendencia en toda la gobernación por ser sujetos de mucha calidad y las otras ciudades del gobierno son las más unas cortas aldeas, y en unas son mulatos los Alcaldes y en otras no hay capitulares... por lo cual convendría mandar que los Alcaldes Ordinarios de Caracas tengan en lo político y militar la superintendencia sobre todos los otros de las demás ciudades... Y habiéndose visto en mí Consejo de Las Indias.. he tenido por bien dar la presente, por la cual declaro que en los casos que hubiere vacante de Gobernador en la Provincia... los Alcaldes de la ciudad de Caracas ejerzan la jurisdicción absoluta en lo político y militar en todo la provincia y ciudades de ella, como la ejercen en su ciudad los Alcaldes de las demás...

4) En 1736, el Rey anuló el privilegio concedido a los Alcaldes Ordinarios de Caracas de gobernar interinamente la provincia, por considerarlo "nocivo y perjudicial". A partir de entonces, cuando ocurría ausencia temporal del gobernador, lo suplía un nuevo funcionario nombrado al efecto con el título de Teniente de Gobernador.

[editar] Predominio de los criollos en la composición del CabildoEl Cabildo colonial en los primeros tiempos fue una institución democrática cuyos miembros eran elegidos libremente por los vecinos de la ciudad. Pero este carácter democrático se perdió cuando se pusieron en práctica ciertas disposiciones que favorecieron su control por parte de los grandes propietarios territoriales. El Cabildo pasó a ser entonces un organismo oligárquico, que representaba los intereses de un grupo reducido de familias acomodadas que se convirtieron en una verdadera oligarquía municipal.

Tales disposiciones fueron:

a) Para ejercer los cargos de regidores y alcaldes ordinarios se debía preferir a los conquistadores y primeros pobladores y sus descendientes. Esta preferencia favorecía a los criollos por ser ellos los descendientes de los primeros pobladores.

b) Los oficios de regidores, alférez real y alguacil mayor eran vendibles y se remataban en subasta pública. Se disponía, además, que estos cargos "en ninguna forma se rematen en personas que no tengan las partes y calidades que se requieren". Esta disposición favorecía igualmente a los criollos, por ser la clase social que podía disponer de dinero para comprar los cargos y porque estos oficios les permitía figurar en la dirección de los negocios municipales. Eran cargos sin remuneración, honoríficos más bien, que difícilmente podían caer en, manos de los pardos, quienes carecían de dinero para comprarlos y no gozaban de rentas como para ejercerlos sin sueldo. De igual manera esta disposición excluía a los pardos del Cabildo pues no tenían "las calidades" que exigía la ley, es decir, no eran blancos, descendientes de los primeros pobladores de la ciudad.

c) No podían desempeñar cargos del cabildo quienes ejercían "oficios viles", es decir, quienes fueran comerciantes al detal, artesanos o labriegos. Con esta disposición se descalificaba definitivamente a los pardos, pues eran ellos quienes se dedicaban a tales actividades económicas, consideradas denigrantes por los criollos.

La aplicación de estas normas trajo como consecuencia el predominio de los criollos en la composición del Cabildo y definió su papel político y social en las luchas de la colonia. El Cabildo se convirtió en un organismo al servicio de los interesa de la oligarquía criolla. Se transformó en una institución oligárquica, "en manos de un número limitado de familias poderosas". El Cabildo colonial no tuvo, pues, un carácter popular en el sentido que esa palabra tiene en nuestros días, sino que, por el contrario, su actuación estuvo siempre en favor del grupo social predominante. Los criollos hicieron del Cabildo un organismo de lucha y lo utilizaron tanto para defender sus interesa políticos y económicos como para preservar sus privilegios sociales y oponerse a las aspiraciones igualitarias de los pardos.

Los cabildos abiertos revolucionariosLa vieja tradición de los cabildos abiertos volvió a ser recuperada en 1810, con motivo del arresto en Francia, por parte de Napoleón, del monarca español Fernando VII, tuvo lugar el nombramiento de juntas de gobierno para gobernar en ausencia del monarca, desencadenando de esta manera el proceso de independencia.

domingo, 23 de mayo de 2010

CABILDO ABIERTO


















El 19 de mayo
Juan José Castelli y Martín Rodríguez se reunieron con el virrey Cisneros y luego manifestaron ante el Cabildo su petición de que se convocara a un Cabildo Abierto.

El 20 de mayo el Virrey tomó conocimiento que ya no contaba con el apoyo de las fuerzas militares, y de la exigencia de su renuncia al cargo, mando que pasaría al poder del Cabildo que lo dejaría a cargo de la autoridad elegida por el pueblo.

Ese día Cisneros hizo conocer una proclama, donde se reivindicaba la lealtad de Buenos Aires hacia el Rey y restaba poder de decisión al Cabildo que sólo representaba a la capital y no a todo el virreinato, ni menos aún, al resto de los virreinatos.

El 22 de mayo de 1810, presionado por los criollos liderados por Cornelio Saavedra y Manuel Belgrano, y sin contar con el apoyo de las milicias, el virrey Cisneros convocó la reunión de un Cabildo Abierto.

El objetivo de la reunión era tomar una decisión sobre la continuidad en el cargo del Virrey, ante los sucesos acontecidos en España, ya que el Rey, Fernando VII, estaba prisionero de los franceses y por lo tanto, Cisneros no tenía referente en la toma de sus decisiones, ya que él ejecutaba las órdenes provenientes de la Metrópoli, cuyo mando estaba acéfalo.

El derecho español, preveía como legítima la reunión de un Cabildo Abierto, ya que estaba establecido que cuando se producía la vacancia del trono, la soberanía volvía al Cabildo, organismo que representaba al pueblo.

En el Cabildo Abierto se reunían los vecinos, que debían cumplir una serie de requisitos para ser considerados tales. Se debía tener casa poblada, armas y caballo y su residencia debía datar de una serie de años, sin ausencias, ya que en tal caso se debía dejar a algún hombre con condiciones similares en su reemplazo, debiendo cada vecino contribuir a la defensa de la ciudad. Como beneficios contaban con franquicias y permisos comerciales y del sistema de encomiendas, pudiendo desempeñar cargos en el Cabildo, previa petición y aprobación que se hacía constar en un libro.

A la sesión concurrieron 56 militares, 4 marinos, 18 alcaldes de barrio, 24 clérigos, 20 abogados, 4 escribanos, 4 médicos, 2 miembros de la audiencia, 2 miembros del Consulado, 13 funcionarios, 46 comerciantes, 18 vecinos y 15 personas sin calificación. Totalizaron 251 concurrentes, a pesar de que se proyectaron 600 invitaciones, que se vieron reducidas por vía de selección a 450, y por presión de los criollos, muchos concurrentes se vieron imposibilitados de acceder a la Plaza.

Tras la apertura del debate por el escribano, Justo Núñez, el primer expositor fue el obispo Lué, quien en su discurso se manifestó por la continuidad de la dominación española en América, confiriéndole esa potestad a cualquier español libre de la dominación francesa.

El abogado Juan José Castelli se pronunció por la soberanía del pueblo de Buenos Aires quien la había adquirido, por la disolución de la Junta Central, que tenía poderes indelegables, por lo tanto no eran legítimos los atribuidos al Consejo de Regencia.

El fiscal Villota basó su argumentación de defensa del poder español, en que Buenos Aires no podía por sí sola atribuirse la representación de toda la América española (opinión que ya había vertido Cisneros en su pronunciamiento). Además, rescató la legitimidad del Consejo de Regencia, al haber sido reconocido por los pueblos.

El abogado Juan José Paso, reconoció que Buenos Aires no podía decidir por sí sola, pero se subsanaría ese defecto necesario, ya que la decisión de la cuestión era urgente, estableciendo un gobierno provisorio que luego, se transformaría en definitivo, cuando pudiera hacerse la consulta general.

Ruiz Huidobro, militar, apoyó la destitución del virrey al haber cesado en su cargo Fernando VII, en cuya representación gobernaba.

La votación se realizó en forma pública. Por la destitución del virrey se expresaron 162 votos y 64 por su continuidad, cuyo recuento por lo avanzado de la hora se realizó el 23 de mayo. La fórmula más votada fue la de entregar el mando al Cabildo de la capital, quien establecería el modo de designación de una Junta, posición que coincidía con la opinión de Cornelio Saavedra.

jueves, 13 de mayo de 2010

EL CABILDO














EL CABILDO DE BS AS


Nada más ni nada menos que 28 años tuvo que esperar el Ayuntamiento de Buenos Aires para tener su propio edificio. Al fundarse la Ciudad en 1580, los ediles tuvieron que echar a suerte para ver en cual de sus casas realizaban sus acuerdos. De esto se desprende que el Cabildo era bien pobre y que sus arbitrios constituían más una intención que un recaudo. Las cosas mejoraron cuando al asumir como Gobernador Hernando Arias de Saavedra, Hernandarias, éste resolvió darles una mano a los ediles y destinó para Sala Capitular una dependencia del Fuerte. Allí continuó por algunos años sesionando el Ayuntamiento.


El 30 de junio de 1608, Hernandarias informa que ha puesto en obra el Cabildo y la Cárcel de Buenos Aires, ordenando al mismo tiempo la instalación de un horno para la fabricación de tejas.

La construcción del Cabildo, en el predio destinado por Juan de Garay para ese fin y que es el de su actual emplazamiento, estuvo a cargo del alarife Juan Méndez y del albañil Domingo Herrera.


Las pretensiones del edificio eran bien modestas: una amplia sala capitular, cuartos para los ediles y algunos pocos calabozos destinados a albergar a los pocos malhechores que se suponía merodeaban por calles y quintas. Pero les falló el cálculo, porque bien pronto los aguaciles tuviero que utilizar la Sala Capitular como Cárcel Pública. Esto determinó que el Cuerpo Municipal tuviera que retornar al Fuerte. Mientras, en 1614, era nombrado alarife oficial del Cabildo, Bacho de Filicaya, un marino con conocimientos en albañilería llegado a Buenos Aires en 1611 como maestro del pasaje "Nuestra Señora de los Ángeles".


En 1632 el Cabildo comenzó a derrumbarse por lo que en 1635, se compraron materiales para una nueva edificación. Entre los adquiridos estuvieron 5.000 cañas bravas para la armazón de los techos y 12 umbrales de palo blanco y laurel.

Tampoco iba a ser esta construcción nada del otro mundo, pecando inclusive por su pequeñez. Sin embargo, y pese a sus limitaciones, las tareas demandaron mucho tiempo, atendibles por la permanente falta de medios económicos. Para 1641 trabajaba en la reconstrucción Pedro Fernández Castellano.

Por noticias llegadas hasta nuestros días, se sabe que el edificio parece haber contado con soportales y dos torres ubicadas en los extremos de la construcción. En 1719, el Arquitecto jesuita Juan Bautista Primoli se ocupa de los arreglos en el Cabildo. Debían ser estas tareas muy simples ya que en 1722, el Ayuntamiento le pidió al Ingeniero vizcaíno Domingo Petrarca, llegado a Buenos Aires en 1716 acompañando a Bruno Mauricio de Zabala, los planos de un nuevo edificio. Petrarca presentó un proyecto muy ambicioso y muy caro, 70.000 pesos, que además de dejar sin aliento a los ediles, dejó sin casa nueva a

la Corporación. De tal manera que Primoli continuó emparchando lo mejor que pudo, dejando en evidencia que era mejor derribar todo y construir de nuevo, y así se hizo. En 1725, sobre un proyecto más modesto que el de Petrarca, el Arquitecto Andrés Blanqui con ayuda de Premoli, se hizo cargo de la construcción. Derribado el antiguo Cabildo, el 23 de junio comenzaron a levantarse los cimientos del nuevo edificio.

Vale dar algunas noticias sobre los constructores. Estos habían llegado procedentes de Cádiz el 9 de julio de 1717, junto a otros 60 jesuitas. Premoli y Blanqui se destacaron de inmediato como dos eficientes arquitectos a los cuales les debe Buenos Aires varias construcciones de interés.

Obras de tal envergadura que el historiador jesuita Dalmacio H. Sobrón,a quien regresaremos más adelante, afirma que con la llegada de Blanqui dio comienzo la historia arquitectónica de Buenos Aires, levantando las primeras cúpulas y campanarios de la ciudad. Blanqui produjo las Iglesias de la Merced, Santa Catalina, el Pilar, los planos de San Francisco y San Telmo y la fachada con torres de la Catedral. Premoli edificó San Ignacio y el Colegio Máximo de Córdoba.


Blanqui era nacido en el Cantón suizo de Ticino con el nombre de Giovanni Andrés Bianchi. En Roma había frecuentado a arquitectos como Carlos Fontana y Abraham París, antes de ingresar a la Compañía de Jesús y viajar al Río de la Plata como misionero.n 1618 es designado -en reemplazo de Hernandarias, Don Diego de Góngora, el Primer Gobernador Independiente del Paraguay, y con esa libertad, da comienzo una época de progreso para la Catedral.

Las obras del Cabildo continuaron sin inconvenientes hasta 1728, en que Blanqui es trasladado a Córdoba y la construcción se detiene. Pero mientras tanto, allí está el Cabildo de Buenos Aires con sus dos plantas y sus once arcadas. Interiormente el edificio se distribuía de este modo: en el piso bajo se ubicaban el archivo, oficinas administrativas y la Capilla. En el piso alto se hallaban la Sala Capitular y oficinas para los alcaldes y regidores. La Sala Capitular llegó a estar amueblada a todo lujo, siendo de lejos la estancia más importante de la Casa.

Siempre se ha visto en el Cabildo un edificio de estilo colonial o hispanoamericano, llegando algunos historiadores a verlo como inspirado en las Casas Consistoriales de España.


Dalmacio H. Sobrón, en un erudito artículo titulado "La Arquitectura del Cabildo de Buenos Aires", aparecido en el Diario "La Nación" en 1981, señala que "en su aparente simplicidad, encierra sin embargo una pensada reelaboración, y una integración de elementos (...) La arquitectura de Bianchi, marcadamente lombarda, transformada en el Pilar y en el Cabildo por la inclusión inédita de elementos españolizantes ha sido juzgada siempre, por la falta de datos, como una arquitectura menor, entre espontánea y folklórica, con relámpagos de clasicismo que algunos erróneamente llegaron a creer neo-clasicismo (...) Resultó una arquitectura de cierto empaque culto y al mismo tiempo de digna pobreza".

Sobrón termina ubicando la arquitectura del Cabildo "junto a la barroca del área rural lombarda" haciendo con poquísimos medios una obra culta y agradable. El historiador jesuita termina señalando que nuestro ayuntamiento está inspirado en el "Palazzo dei Giureconsulti" de Vía Mercanti de la Ciudad de Milán, el que era sobradamente conocido por Blanqui. Recalca: "tipo arquitectónico y no modelo".


De todas maneras como agrega el autor, "de seguro, esa humilde arquitectura patriarcal en la Plaza de Mayo es muestra de armonía en la diversidad, lo que esperó Buenos Aires, sin duda".

Como decíamos, en 1728, la edificación se detiene ante la partida de Blanqui y así se mantienen las cosas hasta 1731 en que la construcción es confiada a los Maestros albañiles Miguel Acosta y Julián Preciado.

Claro que nada era regalado para el Cabildo. Sabemos ya que la Cárcel de Buenos Aires ocupaba algunos cuartos de la planta baja del Ayuntamiento, en verdad muy pocos, lo que hacía que los presos se hacinaran en ellos provocando frecuentes riñas,algunas con fugas como sucedió en 1726 y que le costó la vida al portero Felipe Fernández, apuñalado por el preso Bernardo Guerra. Las evasiones fueron también muchas, como la de Bernardo Gutiérrez, tocayo del criminal, "reo de la mayor criminalidad y confeso autor de calificados robos que se experimentaron en esta ciudad".


En 1759 fueron varios los reclusos que lograron escapar "horadando los calabozos". Ricardo Luis Molinari nos cuenta que en 1775 las cosas mejoraron al colocarse en los cinco calabozos puertas forradas con planchas de hierro.

El mismo Molinari comenta que sin embargo el mayor problema lo trajo el pozo negro, "que periódicamente se llenaba, y su inmundo contenido se desparramaba por el patio y el piso de los calabozos, llegando inclusive hasta la plaza". Aún en 1784 las Actas del Cabildo expresaban que por tales motivos "no se puede tolerar la fetidez en la cárcel (...) en la propia Sala de Acuerdo cuando se abren las ventanas el olor era muy grande". Además, los presos cocinaban donde podían y se proveían de lo que conseguían, conservándolo de la forma que mejor entendían. Así, en 1790, se descubrió que los presos "criaban dentro de las celdas cerdos y carneros".


En 1739 Blanqui hace una breve visita a Buenos Aires, seguramente habrá visto con agrado cómo el Cabildo estaba casi construido según su proyecto. Un año después, la obra fue entregada por Acosta y Preciado.

Claro que no todo estaba terminado, faltaban la torre y la capilla y varias dependencias interiores.

En 1748, el Ayuntamiento cree contar con los fondos necesarios y dispone continuar las obras siempre de acuerdo al proyecto de Blanqui. Los trabajos le son confiados a Diego Cardoso, quien en 1770 creará el Paseo de la Alameda. Como Maestro carpintero intervino Manuel Cueto, que labrara entre otras, la puerta principal de la Sala Capitular. Como herrero, se desempeñó el inglés Carlos Wright, rebautizado Vrit, quien produce seis hermosas rejas para igual número de ventanas. Eso sí, nada que hacer con la torre y la capilla ya que "por lo presente no se puede proseguir por falta de caudal". Esta falta de fondos llegaba a tal extremo birlando los cálculos de la tesorería, que al pobre Cardoso se le llegó a pagar parte de su sueldo con una arroba de chocolate, asegurando de paso que se quedaba "corto en el beneficio o correspondencia que debía hacer


a dicho Señor". Esta precariedad de medios podía decirse que era una constante. En 1723 el Cabildo llegó a suspender las fiestas del Patrono San Martín de Tours por no "tener con qué costear los gastos de toros y lo más que en tales funciones se suelen ejecutar". Claro que la población se quejó de tal manera, que el Cabildo terminó pidiendo dinero prestado para efectuar los festejos.

Algunos historiadores aseguran que la Torre del Cabildo recién fue terminada en agosto de 1765, pero si nos atenemos a lo escrito por el jesuita, acostumbraban a llegarse hasta Buenos Aires, Florian Paucke en 1749 sobre "que la torre del Cabildo era alta y estaba cubierta de latón blanco" , se puede inferir que pese a los desmayos económicos del ayuntamiento y del constructor Preciado avanzó lo suficiente en la edificación de la torre como para ser vista como tal por los ocasionales visitantes.

Lo cierto es que la obra siguió adelante.Así se colocaron los vidrios y postigos a las ventanas, se sustituyó la baranda de madera del balcón en muy mal estado por una de hierro. Ya lucía pues la balconada con sus cartelas, el frente encalado y flamante, los techos entejados y su torre sin tejas por no haber alcanzado para ella pero airosa.


Pese a todo, las cosas no estaban en orden. Por ejemplo, los alcaldes no disponían hasta ese momento de una sala donde impartir justicia. Se tuvo que esperar hasta 1758 para que se les destinara el cuarto "donde vive ahora el carcelero", abriéndose entonces una puerta que daba a la Plaza Mayor. Todo el mobiliario se reducía a dos mesas y dos sillas.

Posteriormente, como dice Ricardo Luis Molinari, "se decidió instalar frente a dichas mesas una barandilla para separar a los jueces de los delincuentes y prevenirlos de sus insultos. La habitación también fue usada como capilla para los condenados a muerte" .

Algunos años más tarde, el 20 de octubre de 1763, se encargó a Juan Sánchez de la Vega la adquisición de un reloj y una campana para la torre. En las compras se invirtieron 2.725 pesos en los que se incluían los gastos de instalación, la que demandó 16 días de trabajo. El reloj, adquirido en Cádiz al precio de "200 cueros", fue montado por el relojero francés Luis Cachemaille.

Estas nuevas adquisiciones trajeron sus problemas. El reloj, por sus averías más o menos periódicas, y la campana, por el ruido. Por intermedio de ella se convocaba a los regidores a las sesiones; así que el día anterior a la convocatoria, a las 7,30, se tocaban 24 campanadas y en el día de la reunión a la misma hora y hasta las 8, se tocaba casi ininterrumpidamente hasta el momento de dar comienzo al acuerdo que siempre se fijaba para esa hora. Algo tremendo para una ciudad sólo molestada por los gritos de los vendedores ambulantes, el galope de los caballos y los toques mesurados de las iglesias. Los porteros no tuvieron más remedio que acostumbrarse a este estruendoso sistema hasta que en 1770, el Gobernador Francisco de Paula Bucarelli, seguramente aturdido por los albadonazos, prohibió el uso de las campanas,para convocar a reunión. El pueblo suspiró aliviado. Por esos años de 1767, el Cabildo se amplió hacia los fondos que daban al oeste, con la anexión de un terreno bastante amplio, en donde se construyó la Cárcel para Hombres, precedido por un patio, sería el tercero, tétrico sitio que oficiaría de lugar de ejecuciones. Así el Cabildo pasaba a poseer dos presidios para ambos sexos medianamente separados.

Para nuestra suerte han quedado testimonios sobre cómo era el Cabildo por esos años. Alrededor de 1770 estuvo en Buenos Aires el viajero y cronista indiano Concolorcorvo, nacido en la ciudad de Cuzco. A lomo de mula, el escritor viajó desde el Plata hasta Lima, dejando sus impresiones en su famoso libro "El Lazarillo de Ciegos Caminantes".Así nos comenta: "La plaza es imperfecta y


sólo la acera del Cabildo tiene portales. En ella está la cárcel y oficinas de escribanos y el aguacil mayor vive en los altos. Este cabildo tiene el privilegio de que cuando va al fuerte a sacar al gobernador para las fiestas de tabla, se le hacen los honores de teniente general, dentro del fuerte, a donde está la guardia del qobernador".

Para esa época y según el mismo Concolorcorvo, la ciudad tenía 22.000 habitantes.

En 1783, para no desentonar con las constantes reconstrucciones del Fuerte y la Catedral, el Cabildo asume la propia. De tal manera que se agregaron cinco calabozos y se finalizó la construcción de la Capilla en la planta baja. Ésta fue dotada de ricos ornamentos y objetos sagrados, los que habían pertenecido a la Compañía de Jesús, expulsada de América.

Para entonces, en las fiestas populares la galería era profusamente iluminada con candiles de grasa y faroles de aceite y el balcón corrido, lucía adornado con paños de hermosa factura.

Para no ser menos que los demás edificios públicos de Buenos Aires, en 1794 el Cabildo estaba nuevamente en obras de restauración, esta vez confiadas al alarife José Antonio Romero.

Después, los acontecimientos se encargarían de elevar al Cabildo a la consideración del pueblo y de la historia.

El primero de estos sucesos ocurrió en 1806 cuando la Primera Invasión Inglesa. Aquel glorioso 12 de agosto, las tropas invasoras al mando de Williams Carr Beresford entregaron sus armas al pie de la galería del albo edificio. Desde el balcón, Liniers y Beresford presidieron la severa ceremonia. Es posible que ambos jefes se detuvieran brevemente en la lujosa Sala Capitular.


En la Segunda Invasión, el Cabildo se constituyó en el centro de la defensa bajo el mando de Martín de Álzaga.

Pero el gran protagonismo del Cabildo sucedió duranta la Semana de Mayo de 1810. En esos días, el Cabildo, institucionalmente contrario a la Revolución, fue el escenario de la gesta que desembocó en la libertad de los pueblos del Río de la Plata. Estas son jornadas tan recordadas y homenajeadas,que nos eximen de mayores comentarios, convencidos, además, de que la intención de esta crónica es la de rescatar la memoria del edificio y de aquellos momentos que en el tráfago de sucesos han quedado traspapelados.

Uno de estos datos curiosos es el resumen de gastos en que incurrió el Cabildo entre el 21 y el 27 de mayo de 1810:

"Por el flete de doce carretillas que condujeron a las Casas Capitulares los escaños de las Iglesias de la Catedral, Santo Domingo, San Francisco y la Merced; y otro igual número de viajes para volverlos a llevar a sus respectivos destinos, concluido que fue el Congreso General del día 22, a cuyo efecto fueron pedidos, cuyos veinticuatro viajes al respecto de cuatro reales cada uno importan... 12

"Por un peso de velas, gastados en los faroles con que la citada noche del 22 iluminaron los corredores y demás habitaciones de las Casas Capitulares... 1

"Por dos reales de hilos que se compraron para atar los citados faroles... 2


"Por diez botellas de vino generoso, a peso fuerte cada una; seis ídem de Málaga, a cuatro reales, dos pesos de chocolate y trece libras de bizcochos, a cuatro reales cada una, que se consumieron en los días y noches del 21 al 22 inclusive, como único refrigerio que en circunstancias tan apuradas pudo proporcionarse al crecido vecindario que concurrió a las Casas Consistoriales principalmente en el día 22, cuyo congreso duró desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche del mismo día... 21,6.

Pero claro, hombre prolijo don Bernabé, desconfió un poco tarde de la orden tan urgente en tan intempestiva hora. Para qué tanto apuro por algo que sólo al otro día se podía atender?. Y el Presidente se comunicó con San Benito de Palermo y de inmediato, por aquello de pueblo chico infierno grande, el pícaro Villegas fue a parar a la cárcel del Cabildo y de acuerdo a las normas, fusilado sin más en el tenebroso tercer patio, en diciembre de 1851.

A fin de completar el cuadro, les diré que don Bernabé de Escalada era hermano de Remedios, esposa del General San Martín, y de Manuel y Mariano, soldados del Libertador. Bernabé, de carácter afable, era un rico comerciante que sobresalía por su filantropía. Por supuesto no fue ésta la que ayudó aquella noche tormentosa al desdichado Villegas.

Pero en verdad, nunca el tercer patio tuvo tantos fusilamientos como durante las jornadas del 4 al 5 de febrero de 1852.

Al recibirse en Buenos Aires la noticia del triunfo del General Urquiza en los campos de Caseros, la ciudad quedó acéfala, en poder de hordas de delincuentes formadas por escapados de la cárcel y malhechores en libertad. Estos verdaderos malones recorrieron las calles saqueando los negocios y cuanta casa supusieron con riquezas. Para repelerlos, los vecinos organizaron piquetes armados que fueron tras los criminales.


Quinientas fueron las ejecuciones durante esas jornadas la mayoría, efectuadas en el tétrico tercer patio del Cabildo.

Benito Hortelano, periodista castellano afincado en Buenos Aires, relata en sus "Memorias" que, "Como a las dos de la tarde un batallón del ejército vino a situarse, delante del Cabildo, para dar auxilio a la población. De él salieron varias patrullas quedando una fuerza para custodia de la cárcel y de la Comisión Militar que se estableció por orden de Urquiza. "Esta Comisión juzgaba en el acto a los que traían presos los ciudadanos e, identificada la persona, era en el acto pasada por las armas en el patio de la cárcel, durando esta operación dieciseis horas".

Sabido es en otro orden de cosas, por suerte, que los hombres necesitamos viviendo en sociedad, saber la hora que transitamos. Por los años de nuestra historia no existía una hora oficial exacta difundida con pitazos más o menos estridentes, por artificio eléctrico alguno. De tal manera que se adoptaba la que dictaba determinado cuadrante de autoridad.

Es nada más que tradición lo que contaré,imposible de justificar por documentación alguna, pero como sucede que lo que mucho se repite al fin se cree, hasta suena a verdadero y acontecido. Se dice que la hora oficial en tiempos de Rosas la daba el poco confiable reloj del Cabildo y así nos lo cuenta Xavier Marmier, un viajero francés que nos visitara en 1850 que no peca por ver con muy buenos ojos la arquitectura de aquellos tiempos pristinos.

"En la torre del Cabildo, hay un reloj mal atendido cuya aguja caprichosa, se había acostumbrado a correr o a detenerse sobre el cuadrante, con absoluta libertad. Rosas, considerando una afrenta que los relojeros de la ciudad corrigieran diariamente al miserable reloj del Cabildo, los hizo convocar a todos en la Jefatura de Policía donde se les ordenó que, en adelante, dejaran a un lado sus cronómetros y sus observaciones astronómicas para observar el reloj del Cabildo y arreglaran conforme a este reloj la marcha de los suyos.

"Desde entonces, cualesquiera sean los extravíos en que incurre el reloj del Cabildo, debe considerarse que da la hora legal. Más poderoso que el valiente Josué y que el piadoso Ezequías, el autócrata de la Confederación Argentina no necesita de un milagro de Dios para intervenir el curso de los astros. Él mismo se encargará de fijar la salida del sol y el crepúsculo vespertino".

Este reloj permaneció en la torre hasta 1856 en que fue transferido a la Iglesia de Balvanera de donde, en 1883, partió sin dejar el menor rastro. En 1856 fue suplantado, previa modificación de la torre a efectos de darle mejor cabida, por otro adquirido en Londres a "Tawaites y Reed", según lo cuenta la historiadora Margarita Borsano.

Pero, ¿cómo lucía el Cabildo por esos años de 1850 para un visitante extranjero?. Algunos lo ven humilde como en verdad era, sobresaliendo por su encalado, por sus luminarias encendidas en su arcada y su torre. Pero otros, como nuestro recordado Marmier, orondamente mal, muy mal.

"Todo extranjero habrá oído hablar con ingenua admiración de la Plaza de la Victoria y de los monumentos que la rodean. La recova es una larga serie de arcos blanqueados con cal, que tiene algo de morisco; el Cabildo, otra hilera de porches coronada por una torre y una campanita. Los vecinos lo comparan con los antiguos ayuntamientos de Paris y Bruselas (...)


"El Cabildo, es policía y cárcel de la ciudad. La escena cambia súbitamente. Estábamos en Europa; ahora estamos en la América primitiva, en la región de las Pampas. Bajo los porches ae amontonan los soldados, que en nada se parecen a los europeos; los hay negros y blancos con uniforme y sin él, tal cual lleva un poncho indio y otro el talle oprimido por una chaqueta inglesa. Hay quienes cubren la cabeza con un pañuelo, otros con un gorro de manga o con un sombrero redondo. Para esto hay completa libertad".

Lo que es mirar sin cariño.

A diferencia de sus vecinos ilustres, mal que le pese a Marmier, la Catedral y el Fuerte, el Cabildo no había sufrido demoliciones y reconstrucciones, así que se mantenía con más o menos donaire desde los tiempos que naciera de los proyectos de Primoli y Blanqui, con alguna que otra modificación sin mayores importancias hasta 1879. Algo así como medio siglo de aparente paz. Pero de pronto, como si se quisiera recuperar el tiempo perdido, la picota se hizo presente hendiendo el aire peligrosamente. Dedicada como estaba la ciudad en modernizar su imagen, no podía quedar el Cabildo tan campante como si nada, exhibiendo su arquitectura de querida evocación colonial.

Por aquel entonces nadie se había preocupado en verla con semejanzas lombardas como la vería Dalmacio H. Sobrón cien años más tarde, valorizando su presencia a la vera del magno espacio. De haber sido encontrado con parecido con el "Palazzo" de la Vía Mercanti de Milán, hasta es posible imaginarse otro desenlace.

La intención de los que posaron sus ojos en él sin mirarlo mayormente, era el de transformarlo con refaccciones y modificaciones, en la sede de los Tribunales de Justicia. En cierta manera sin saberlo, volviendo a montar en su torre el "Jus" que aquel rayo instituivo, derribara a principios del siglo.

De tal manera que, conducida por el Ingeniero Militar argentino Pedro Benoit, nacido en 1836, la picota cayó sobre la torre y la fachada del ex-Ayuntamiento, Benoit, que a poco proyectara la Ciudad de La Plata nacida en 1882, trató sencillamente de europeizar el Cabildo, sin darse cuenta de que ya lo estaba.


Así la torre, su rasgo más evidente, fue el primer pavo de la boda. Se le agregó un cuerpo, se le modificó e1 coronamiento y se arrasó con sus molestos aires coloniales. No contento con esto, se reemplazó el balcón corrido con cartelas, por uno de mampostería, cargando su fachada con pilastras, capiteles y cornisas que modificaron su rostro hasta lo irreconocible. Se llegó al punto de desalojar del edificio su bonito techado de tejas, que a partir de entonces pareció sumergirse de puro pudoroso, entre las paredes sin identidad que lo sostenían.

Quedó el pobre Cabildo desequilibrado, en su cuerpo, claro! protestando una fisonomía prestada. No lo beneficiaron para nada los cambios... Pero se avecinaban días peores.

El problema le llegó de rebote en 1889, cuando la apertura de la soñada Avenida de Mayo, momento en que se ingresó al concierto de las grandes urbes del mundo, a los ojos ávidos de cambios de los porteños de entonces. Allí repararon en él, para darse cuenta que molestaba. Había pues que tomar de nuevo con mano firme la picota y demolerlo. ¿Acaso se podía hacer algo con ese esperpento?.

Alguna voz debió elevarse en su defensa, ofreciendo el sacrificio de una amputación. Se podía dar cabida a la gran avenida quitando del medio tres arcadas. ¡Sí, esas molestas tres arcadas de su ala norte!.

Así fue convenido, y el Arquitecto piamontés Juan A. Buschiazzo, nacido en 1856 y con apenas 33 años, vecino de la Lombardía inspiradora, pasó a dedicar su tiempo en estudiar la manera de cercenarle su molesta extremidad.

Buschiazzo, nombrado Secretario de Obras Públicas del Intendente Torcuato de Alvear, advirtió luego de una mirada profesional que, si se quitaban las tres arquerías,se corría el serio riesgo de que la enorme torre desequilibrante se viniera abajo arrastrando en su caída al resto de la edificación. El principal motivo de este presagiado derrumbe era que la torre estaba sujeta al resto de la construcción con respetables grampas de hierro imposibles de remover.

Se tuvo, no había más remedio, que asir la piqueta nuevamente y echar abajo la torre de Benoit.. Y así quedó el pobre, desfigurado por largos años. Imagínense ustedes: sin torre y con un ala más larga que la otra!. Benoit vió entonces con desconsuelo cómo sus desvelos se derrumbaban como un mero castillo de naipes. El proyectista de la Ciudad de La Plata, un bello trabajo el suyo, sin duda, moriría algunos años más tarde, en 1897. Pero que hay destinos, hay destinos!.

Todo partió de una antigua idea que había propuesto el Arquitecto francés Bouvard en 1907: abrir dos diagonales a partir de la Plaza de Mayo. El Intendente Manuel J. Güiraldes lo estudió y dió su aprobación, pasándolo al Congreso que lo convirtió en Ley. La Primera Guerra Mundial cajoneó el proyecto y la cosa no pasó del bautizo de las futuras arterias: Diagonal Norte Roque Sáenz Peña y Diagonal Sur Julio Argentino Roca. Es más, se abrió la primera cuadra de la llamada Roque Sáenz Peña.

Mientras la historia de ésta seguía su camino, la idea de abrir la segunda fue reflotada en 1931.


Allí el Cabildo dejó de respirar, si me permiten la metáfora, porque sabía que se avecinaba una nueva amputación para nada de buenos vecinos. Sería sin anestesia.

Sabemos qué sucedió: las tres últimas arcadas, las que habían cobijado la Cárcel de Mujeres y olvidadas escribanías, fueron demolidas sin miramiento salvo alguno que otro ladrillo coleccionado por quienes sabían de qué se trataba sin preguntar.

Fue casi, casi el final. Si se mira con los ojos de aquellos días, no había cabida para otra idea: sin torre, sin estilo, y con seis pórticos menos, sólo era un fantasma. Es más, comenzaron a nacer sobre los hombres que tenían el poder de decisión, las gotas horadantes que pregonaban su demolición total.

Si uno se pone a pensar, llegaría a la conclusión de que la Pirámide de Mayo tuvo más defensores cuando también corrió el peligro de que la echaran abajo.

Pero hubo una voz, la del Diputado Nacional Carlos Alberto Pueyrredón, que se alzó en defensa de los despojos históricos y queridos. En la sesión del 14 de septiembre de 1932, presentó un Proyecto declarando al Cabildo de Buenos Aires Monumento Histórico Nacional.

Muchas veces sólo hace falta una avispa en el noble caballo...

La idea fue rápidamente aprobada y convertida en Ley. Los restos del Cabildo por lo menos, estaban a salvo.

Seguramente que en alguna pared recoleta del viejo Cabildo, debiera existir una placa que recordara al visitante que esa reliquia está en pie por obra y gracias de un Diputado Nacional que conocía la historia de su Patria.

Eso sí, se tuvo que esperar ocho años para recuperar su hermosa imagen y su mudada campana, prestada a la vecina Iglesia de San Ignacio.

Se encargó de regresarla en el tiempo, el Arquitecto Mario Buschiazzo, hijo de quien se viera en la necesidad de quitarle la agarrada y fea torre de 1889.

Basándose en fuentes documentales, pinturas, notas y daguerrotipos, logró retornarla a los días retenidos por las acuarelas de Leonie Matthis y Carlos Enrique Pellegrini.

Todo quedó como entonces, eso sí, del original, sólo se pudo conservar la Sala Capitular.

¡A Dios gracias!.

En ella había nacido la Patria un día, lluvioso o no, del mes de mayo de 1810!.