INDULGENCIA
INDULGENCIA
Ejemplar de una "Carta de Indulgencias" del 19 de Diciembre de 1521.
La Doctrina de las Indulgencias es un concepto de la Teología católica, estrechamente ligado a los conceptos de pecado, penitencia, remisión y de purgatorio. En su formulación actual consiste en la doctrina según la cual ciertas consecuencias del pecado (la pena temporal del mismo), pueden ser objeto de una remisión o "indulgencia" (del latín indulgentia: bondad, benevolencia, gracia, remisión, favor) concedida por determinados representantes de la Iglesia y bajo ciertas condiciones. Esta institución remonta al cristianismo antiguo y tanto su práctica como formulación han evolucionado en el curso del tiempo. La doctrina protestante no la acepta por considerar que carece de fundamento bíblico. Por tal razón, a partir de la reforma fue objeto de desarrollos sólo en el ámbito de la Iglesia Católica.
En la doctrina católica, la indulgencia, a diferencia del sacramento de la penitencia o reconciliación, no perdona el pecado en sí mismo, sino que exime de las penas de carácter temporal que de otro modo los fieles deberían purgar, sea durante su vida terrenal, sea luego de la muerte en el purgatorio. La indulgencia no pertenece a la categoría de "sacramento", como es el caso de la penitencia. Puede ser concedida por el Papa, los obispos y cardenales, a quienes, por ejemplo, recen determinada oración, visiten determinado santuario, utilicen ciertos objetos de culto, realicen ciertos peregrinajes, o cumplan con otros rituales.
Bien que tratándose de un concepto teológico relativamente secundario, las indulgencias jugaron en su momento un rol central en la historia del cristianismo. En efecto, en el siglo XVI, los abusos y el tráfico al que dieron lugar fueron el motivo principal que llevaron a Martín Lutero a enfrentarse con la Iglesia Católica constituyendo así el detonante de la reforma protestante.
Los primeros antecedentes de la práctica de indulgencias remontan al Siglo III. En el cristianismo antiguo, los pecados considerados graves tales como la apostasía eran castigados con la llamada "penitencia canónica", pena esta de particular severidad.[1] En los casos más graves, el pecador pasaba a formar parte del llamado "ordo poenitentium" y estaba entre otras cosas obligado a vestirse sólo con pieles de cabra para ser objeto de oprobio y ridículo frente a la comunidad. Debía además portar el cilicio para auto-infligirse sufrimientos. Esta situación ultrajante que podía durar largos años no facilitaba ni la rehabilitación ni el reingreso a una vida normal.
Así, surgieron prácticas tendientes a reducir el rigor de dicha pena, sobre todo por cuanto se trataba en la mayoría de los casos de facilitar el reingreso en el seno de la comunidad a miembros que habían cometido apostasía en razón de persecuciones, los así llamados "lapsi" (los caídos, los que han tropezado). Así surgió la costumbre de visitar a confesores apresados que esperaban el martirio solicitándole que intercedan en su favor frente al obispo. Si el futuro mártir estaba de acuerdo, le otorgaba una carta denominada "libellum pacis", para que en virtud del sacrificio que iba a tener lugar, el obispo redujese por razones piadosas la pena del requirente.[2] En esta fase, la indulgencia no era dependiente de una acción o prestación que el pecador debía realizar, sino de una especie de compensación mística de los sufrimientos de uno contra la remisión de la pena por los pecados de otro. 23
La prédica de indulgencias fue denunciada ya por John Wickliffe (1320-1384) y también por Jan Hus (1369-1415) que cuestionaron los abusos que su práctica originaba.
Pero recién en el primer cuarto del siglo XVI, tienen lugar los hechos de mayor significación histórica: el primero es la indulgencia acordada en 1506 para quienquiera ayudase a la construcción de la basílica de San Pedro y, por sobre todo, el verdadero detonante: el escándalo que surge en el Sacro Imperio Romano Germánico a raíz de la campaña organizada por Alberto de Brandeburgo (Arzobispo de Maguncia) y llevada a cabo por el predicador de indulgencias Johann Tetzel.
En razón de los mismos, Martín Lutero atacó el principio mismo de la práctica en "Las 95 tesis" de Wittenberg. Según Lutero, sólo Dios puede justificar a los pecadores. Combate tanto las indulgencias por las almas en el purgatorio (Tesis 8-29) al igual que aquellas en favor de los vivos (tesis 30-68). En el primer caso, los muertos, sostiene, estando muertos, no se encuentran más ligados por los decretos canónicos. Como resultado, es la idea misma del purgatorio que resulta cuestionada. Lutero acusa así a la Iglesia de instrumentalizar el miedo al infierno. En lo que respecta a los vivos, Lutero sostiene que el arrepentimiento basta para lograr la remisión de penas, sin necesidad de cartas de indulgencia. Por el contrario, sostiene, la práctica de las indulgencias desvía a los pecadores de su verdaderos deberes: caridad y penitencia.
Es esta la querella que está al origen del cisma catolicismo-protestantismo.
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