EL CLIMA
sábado, 25 de julio de 2015
¿Como elegimos pareja?
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SEDNA
La pregunta de por qué sentimos esos estremecimientos puede responderse a dos niveles: primero preguntándonos qué hace que alguien sea atractivo, y segundo preguntándonos por qué hemos evolucionado para que ciertos rasgos nos resulten atractivos.
La primera de estas preguntas se refiere a las causas inmediatas; la segunda se ocupa del significado evolutivo de la atracción. Normalmente, estos dos tipos de preguntas son abordados por investigadores distintos que centran su atención, respectivamente, en los mecanismos fisiológicos y en los factores evolutivos. Pero los biólogos evolutivos interesados en la atracción sexual las han abordado conjuntamente.
Los biólogos evolutivos que estudian el comportamiento animal a menudo conocen con bastante seguridad por qué un macho y una hembra particulares acaban copulando.
La razón puede ser que la hembra haya elegido al macho, que el macho haya competido por la hembra y la haya «ganado», o que macho y hembra hayan llegado de alguna manera al acuerdo mutuo de que se agradan.
Charles Darwin fue el primero en poner la atracción sexual en un contexto evolutivo. Al formular sus ideas sobre la selección sexual, le preocupaban los rasgos que aparentemente no hacían nada para mejorar las posibilidades de supervivencia del que los poseía.
El extravagante plumaje de los machos de muchas aves y las engorrosas cornamentas de los los ciervos los hacen llamativos y vulnerables a los depredadores. ¿Cómo se explica entonces que hayan evolucionado por medio de la selección natural.
Para Darwin, la respuesta está en la atracción sexual. Los rasgos extravagantes probablemente reducen, en efecto, la tasa de supervivencia de sus poseedores haciéndolos más vulnerables a la depredación, pero este riesgo queda más que compensado por el beneficio de hacerlos más competitivos o irresistiblemente atractivos para los miembros del sexo opuesto, lo que les permite dejar más descendencia —más copias de genes— que los machos menos ornamentados.
La selección sexual explica muchas de las diferencias entre macho y hembras. Para Darwin, operaba a través de dos procesos: la comparación entre miembros del mismo sexo —generalmente machos compitiendo por hembras— y la elección de uno de los sexos de miembros del otro —generalmente hembras eligiendo a machos. La competición de los machos por las hembras explica la evolución de armas como colmillos, espolones y cornamentas, mientras que la elección de machos por parte de las hembras explica ornamentos por lo demás inútiles como pluma, carúnculas y perfumes. La selección sexual se basa en las ganancias en el éxito reproductor —cuanto más atractivos o competitivos sean los individuos, más descendientes dejarán.
¿Qué rasgos eligen las mujeres? La respuesta, a decir de psicólogos evolutivos como Buss y Robert Wright, autor de The Moral Animal («E animal moral»), es que las mujeres escogen a los hombres no tanto en función de su apariencia como en función de su posición social, recursos y voluntad de compartir esos recursos —especialmente en su elección d una pareja para mucho tiempo. Las mujeres necesitan recursos para cría a sus hijos, y en los varones los recursos suelen ir unidos a la posición social. En las sociedades preliterarias como la de los indios yanomami de América del Sur, los hombres con posición de poder suelen tener más mujeres, más relaciones fuera de la pareja y más descendencia que los otros hombres. Por supuesto, la asociación entre la alta posición de los hombres y el éxito reproductor puede surgir en parte a resultas de la competencia entre hombres a expensas de la elección de las mujeres, y ciertamente en circunstancias como éstas se hace difícil discernir entre los dos mecanismos.
En términos generales, los hombres compiten más y llegan a mayores extremos que las mujeres. Sólo hay que echar una ojeada a la sección de logros varios en el Libro Guinness de los Récords. El número de hombres supera ampliamente al de las mujeres en sus diversas pero siempre extremas actividades. Lo que ahora necesitamos son estudios que pongan a prueba las ideas de los psicólogos evolutivos respecto a que todos los empeños de los hombres están motivados por el sexo, tanto si se percatan de ello como si no. Por ejemplo, podría medirse el éxito reproductor de los hombres y examinar si se correlaciona con su posición social o económica dentro de su grupo de iguales, y no a escala global. El problema es que sería necesario utilizar pruebas moleculares de paternidad para dar cuenta de todos los hijos fuera de la pareja, algo que por razones éticas sería extraordinariamente difícil de realizar.
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