EL CLIMA

domingo, 26 de junio de 2011

SOBRE EL MILAGRO

MILAGRO
Resurrección de Lázaro, (c. 1410) folio 171r de Très Riches Heures du Duc de Berry. Musée Condé, Francia.
Se llama milagro, en la definición del Diccionario de la Lengua Española, a un "hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino" (Real Academia Española).
Dependiendo del enfoque desde el cual se aborde el concepto, existen variadas definiciones de la palabra "milagro". Aún dentro de las diferentes religiones, la palabra se asocia a varios sentidos.
La palabra milagro encuentra su raíz en el latín miraculum que significa "mirar". Los latinos llamaban miraculum a aquellas cosas prodigiosas que escapaban a su entendimiento, como los eclipses, las estaciones del año y las tempestades. Así entonces, miraculum proviene de mirari, que en latín significa "contemplar con admiración, con asombro o con estupefacción".
Dicha forma latina se mantiene aún hoy con idéntica grafía en el francés, en el inglés como miracle, y en el italiano como miracolo, entre otras lenguas neolatinas.
Es así como, desde el punto de vista etimológico, la palabra milagro no dice relación necesariamente con una cierta intervención divina, sino que se liga al asombro ante lo inefable, tal como lo plantearan los latinos.[1]

Cristianismo

Según el cristianismo, un milagro es en sí un hecho sobrenatural en el cual se manifiesta el amor de Dios hacia los seres humanos[cita requerida]. Aunque un milagro auténtico sería un signo de la existencia de Dios y de su amor, el cristianismo desaconseja la búsqueda en un milagro de una mera evidencia científica de la existencia de Dios, promoviendo en cambio su creencia mediante la fe. Sin embargo, en la actualidad la fe cristiana y la ciencia no se consideran excluyentes[cita requerida]. Es importante tener en cuenta que cuando se analiza un relato de milagro desde la perspectiva literaria, no se hace ningún juicio sobre el valor histórico del mismo. La investigación histórica tienen sus propias reglas, que son diferentes de las literarias.[2]
San Pablo presentó al carisma de obrar curaciones y al poder de obrar milagros como procedentes del espíritu de Dios y destinados al bien común:
"En cuanto a los dones espirituales, no quiero, hermanos, que estéis en la ignorancia. (...) A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro fe, en el mismo Espíritu; a otro carisma de curaciones, en el único Espíritu; a otro, poder de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversidad de lenguas; a otro, el don de interpretarlas. Pero todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad."
(I Corintios 12, 1.7-11)

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