EL CLIMA

miércoles, 21 de octubre de 2009

AMORCITO


¿Te casarías conmigo?

¿Cómo es ese momento en el que una pareja decide casarse? ¿hay que arrodillarse? ¿o es que la proposición de matrimonio pasó de moda?

Por: Greta Von Batja

Lo vemos montones de veces en las películas. Son momentos en los que la cámara gira como loca alrededor de los tortolitos. Hay lágrimas, presumiblemente dentro y fuera de la pantalla... Pero qué onda en la vida real ¿De qué manera la gente se pone de acuerdo para casarse? ¿sigue siendo un momento especial el de la proposición de matrimonio?

¿Llamas a la radio que ella escucha a la tarde, le dedicas un tema y le decís "Fulanita: ¡casate conmigo!" ¿Le decís que necesitas hablar con ella y mientras se hace la cabeza pensando que está todo mal le convidas un buñuelo que adentro tiene un anillo? ¿Te arrodillás? ¿te quedás parado? ¿En qué consiste por estos días una propuesta de matrimonio?

Para Clara fue un día casi como cualquier otro. Estaban en la cocina preparando la cena (ya vivían juntos) y su novio le preguntó, más por curiosidad que como propuesta: ¿Nosotros nos vamos a casar o...? Era una verdadera duda, más bien. La idea de seguir sin papeles no estaba mal. "No sé", dijo Clara, "Podríamos ¿no? ¿casarnos?" Y ahí quedó la cosa hasta que volvieron a tocar el tema para decidir una fecha. ¿La proposición? Bien gracias.

Es que para ellos, grandes escenas fueron otras: el primer beso, la primera vez. Decidir irse a vivir juntos sobre todo. "La idea de que uno va a quedarse con el otro para siempre va llegando de a poquito", propone Clara.

Encima, por lo general, las que eligen los anillos son las mujeres. Ni un anillo sorpresa... ¿Entonces qué? ¿pasaron de moda las proposiciones?


Todos los detalles del sexo se cuentan entre amigas

Cómo revoleó los ojos en ese momento, la seguidilla de posturas, el tamaño... ¿hay algo de lo que las mujeres no hablen entre ellas?

Por: Greta Von Batja

Hay pocas situaciones más reveladoras para un hombre que escuchar accidentalmente la conversación entre dos mujeres que creen que nadie las oye cuando hablan de sexo. Eso le pasó a Fabricio y se quedó mal.

Primero pensó que no iba a poder levantarse de su silla en el bar, porque la intromisión de la conversación de las mujeres de la mesa de al lado lo había dejado con una erección indisimulable. Pero enseguida pasaron a las críticas.

Que se movía como una licuadora. Que el pene había quedado a media asta. Que no hay hombres que sepan usar los dedos. Que el olor, que los pelos en la espalda, que no duró nada. Que no es tan complicado aprender cómo funciona un clítoris. Qué cómo puede ser que no entiendan que la masturbación no es la misma gimnasia para ambos sexos. Etcétera. Etcétera.

A Fabricio de repente se le cruzaron por la cabeza todas las mujeres con las que había estado alguna vez: hablando. Hablaban entre ellas, con amigas. No paraban de hablar. De él. De cómo la tenía, de cómo las acariciaba, de la cara de tonto que ponía. Fabricio no tenía idea de lo que todas esas mujeres fueron capaces de decir, pero de repente tuvo la certeza de que habían hablado.

Fabricio pidió la cuenta. Las mujeres de la mesa de al lado se descuajeringaban de risa. Salió silencioso y disimulado del bar y llegó hasta mí indignado ante la evidencia de lo que es una conversación de sexo entre mujeres.

Le pregunté: ¿alguna vez te acostaste con una chica que después no haya querido repetir la experiencia al menos una segunda vez? "No creo", me dijo. Entonces no te preocupes de nada, le contesté. Y se fue respirando bajito. Pobre.

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