EL CLIMA

lunes, 1 de octubre de 2012

RESURRECCION
























La resurrección de Jesús es un episodio evangélico y un tema muy representado en el arte cristiano, dentro del ciclo de la Pasión. En la literatura cristiana Jesús es, por antonomasia, "el Resucitado".
Según el Nuevo Testamento, ocurrió al tercer día de que Jesús fuera crucificado, muerto y sepultado en una tumba. El momento preciso de la resurrección no se describe, ni aparece como presenciado por nadie (ni siquiera por los soldados que custodiaban el lugar); sí su consecuencia: las miróforas1 (tres Marías o santas mujeres) encuentran la tumba vacía2 (en uno de los evangelios, el de Mateo, en medio de un estruendo causado por la llegada de un ángel -en los demás evangelios también aparecen ángeles, aunque en otra actitud-). A partir de ese momento se mencionan varias apariciones de Jesús resucitado3 en diversas ocasiones, tanto a María Magdalena (Noli me tangere) como a los apóstoles (Tomás, que había mostrado su incredulidad,4 es invitado por el propio Jesucristo a meter la mano en la llaga del costado)5 y a otros discípulos (a los discípulos de Emaús y a un grupo de más de quinientos "hermanos").6
La resurrección de Jesucristo se celebra en el calendario cristiano con la festividad del domingo de pascua o de resurrección. El domingo de resurrección se denomina también en los Συναξάριον synaxarion y calendarios litúrgicos de la iglesia ortodoxa "domingo de las miróforas con el noble José.7
Los textos evangélicos datan el descubrimiento de la tumba vacía en el primer día de la semana siguiente a la celebración de la pascua judía (que es la festividad que se celebró en la última cena). La expresión al tercer día, que suscita una curiosa controversia cronológica (menos de cuarenta y ocho horas se cuentan como tres días),8 es la más utilizada por recogerse en el Credo: resucitó al tercer día, según las Escrituras;9 y proviene de un fragmento del Evangelio de Lucas: ya van tres días que sucedieron estas cosas (la muerte de Jesús)10 y, más literalmente, de otro de la primera Epístola de San Pablo a los corintios:
os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras, y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.

La comprensión de que Jesús tuvo que morir para satisfacción de los pecados del ser humano, es sólo una de las interpretaciones posibles de la cruz. En esta interpretación Dios aparece como el todopoderoso, casi vengativo Dios-Padre, que sacrifica a su hijo en función de un fin superior. Esta es una interpretación parcial de la teología de la cruz. Pensar en Jesús sólo como víctima y en términos de sacrificio puede reforzar las estructuras de violencia, manteniendo a las víctimas en ese rol. Muchas de estas víctimas se refugian en una mística de la cruz y encuentran consuelo en el padecimiento de Cristo, que sufrió como ellas en total soledad. Confían también en que Dios es testigo de ese sufrimiento. Otras comprenden su padecer como una prueba o una escuela de vida donde aprender la paciencia y la templanza de espíritu (“quien no toma mi cruz…”). Esta mística ayuda a las personas que sufren a seguir adelante. Pero también puede ser excelente aliada de la violencia, porque retiene a las víctimas en la resignación en vez de fortalecer en ellas la fuerza de resistencia y liberación.

En la iglesia deberíamos proclamar sin ambigüedades que todo sufrimiento producido por otros seres humanos es detestable. Ya en la Biblia hay otras interpretaciones de la muerte de Jesús, no como imposición arbitraria de Dios, sino como consecuencia de la opresión y violencia humanas, la resurrección como protesta de Dios contra todo sufrimiento y violencia. La crucifixión de Jesús no santifica el sufrimiento; sigue siendo un testimonio del horror de la violencia infligida a los demás. Es un testimonio del deseo de Dios de que nadie vuelva a tener que sufrir una violencia semejante. Quien utiliza el silencioso, libremente elegido sufrimiento de Cristo, que según Filipenses 2,8 “fue obediente hasta la muerte”, como ejemplo a seguir por los creyentes, no sólo legitima la violencia, sino que sienta las bases para que ésta sea posible.

Dios se identifica con Jesucristo en cuanto víctima y sacrificio, y por lo tanto está del lado del victimizado y oprimido. La resurrección de Jesús es la victoria; comprenderla como tal puede liberar a la víctima de la identificación unilateral con el sufrimiento de Jesucristo para aferrarse al Jesús victorioso, lo que la alentará a salir del círculo vicioso que la acorrala. El hecho de que Dios dio vida al crucificado, transmite el mensaje de que Dios quiere que todos y todas tengan vida en toda plenitud, una buena vida junto con las demás criaturas en libertad, paz, alegría, amor y justicia.

El hecho de que la tumba estaba vacía todavía no significa Pascua. La tumba vacía es ambivalente. Puede significar que Cristo resucitó o que hayan robado su cuerpo. La fe en el Resucitado no se nutre de una peregrinación a un lugar determinado. Cuando el resucitado entra en nuestras vidas, realmente resucitó para nosotros. Y ya nada tiene que ser como antes.

El término griego para “resucitar” es "anístemi", y significa “despertar” o “levantarse”, refiriéndose a las personas que están dormidas o acostadas en el suelo. Pero también se utilizaba para referirse a las revoluciones políticas, cuando un pueblo se levantaba contra los poderosos que lo oprimían.
Al hablar de la Resurrección de Jesucristo debemos tener presentes estos dos sentidos. Cristo se despierta, se levanta, y se subleva contra el pecado y la muerte. Dios el Padre, al resucitar a su hijo Jesucristo, produce una insurrección contra el pecado y la muerte y contra toda situación que la provoque. Y éste es el sentido de la Pascua inaugurada por Cristo, el paso de la muerte a la vida. Pascua de Cristo que es nuestra Pascua: "En la muerte de Cristo nuestra muerte ha sido vencida y en su Resurrección todos resucitamos".

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