
Hay personas que tenemos la costumbre de olerlo todo y meter las narices –literalmente- en todas partes, en las ollas, en los clósets, en los libros, en los cajones, en las cortinas, en la bolsa que usamos, en el maquillaje, en la ropa limpia y en la sucia también. Los aromas de las cosas pueden revelarnos ciertos datos que la apariencia es capaz de esconder: la antigüedad, la naturaleza y la calidad de los materiales, la identidad de la última persona los usó o los tocó, etc. No creo que sea un rasgo de maniática, más bien se trata de un gesto que hemos heredado de aquellas mujeres que hace miles de años se encargaban de organizar la vida en la aldea. Sin fechas de caducidad ni instrucciones de lavado al reverso de las cosas, había que olerlo todo para comprender, clasificar y tomar decisiones. Habemos quienes también somos aficionadas a oler los lugares. El tipo de aromas que flotan o que se guardan en un espacio hablan de sus habitantes, revelan sus costumbres, gustos y disgustos. A quién no le ha pasado que, estando lejos de casa, en otro país, de pronto encuentra un aroma tan familiar que le pone la piel de gallina. Y es que los aromas están ligados a experiencias y emociones que se alojan muy profundo en nuestra memoria. El olor de las personas es un capítulo aparte, y no me refiero a una loción o un perfume (aunque a veces también influye), sino a lo que conocemos como el humor, el aroma tan particular que desprende la piel, el cabello, su boca, sus manos, su ropa… su presencia misma. Si no me gusta cómo huele una persona, generalmente no hay poder humano que me haga quedarme ahí. Huyo, me cambio de vagón, me muevo a otro lugar en la mesa, me reubico. En el caso de las relaciones de pareja, el aroma es un tema ineludible. Por más guapo y exitoso que parezca un hombre, por más inteligente y divertido que se presente, si no me gusta su olor, no hay nada que hacer: ciao. Pero si me gusta su aroma, pierdo la objetividad y me entrego a la experiencia de olerlo una, y otra y otra vez… Para mí, oler es tan placentero como conversar y tan excitante como besar. Para los loquitos “hueletodo” como yo, el olfato es una herramienta básica para definir afectos, afinidades y amores eternos. Por ejemplo, mi abuela murió hace veintiocho años y todavía puedo evocar su aroma con increíble precisión. Y ahora tengo muy presente el aroma de mi madre, de mis hermanos y de mis sobrinos, tanto que podría distinguirlos con los ojos cerrados. El olfato es tan importante que nos advierte cuando algo va a suceder. Hay veces que mis amigas y yo vamos caminando y de manera inexplicable todas volvemos la mirada hacia alguien que resulta ser… tremendísimo hombre de rasgos ultra masculinos. Nada de “magnetismo”, es la nariz que nos ha enviado un impulso a la cabeza diciéndonos: T-E-S-T-O-S-T-E-R-O-N-A, aquíiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Imaginé que lo mismo debería ocurrir con los hombres, pero nunca me había tomado la molestia de preguntarles. Le llamé a un par de amigos, Pepe y Sergio, para que me dijeran qué tan importante era el olor de una chica para determinar si les gustaba o no. En ambos casos fue absolutamente determinante, pero las cualidades del olor variaban según la personalidad de cada uno. Si se trata de conversar, Pepe prefiere a las chicas que huelen a frutillas o a cítricos. “Pero tengo una debilidad por las mujeres que huelen a vicio; besar a una mujer con sabor a vodka es demasiado estimulante”, concluye Pepe. Sergio, en cambio, confesó que le excitan las mujeres que huelen a… ¡animal! O sea, sudores, babas, fluidos… No cabe duda, en gustos se rompen géneros. Buscando la razón de estos gustos, recordé que hace tiempo vi un programa en un programa tipo Discovery Channel que mostraba un experimento. Una universidad de Inglaterra puso a prueba el olfato de chicos y chicas al momento de elegir pareja. Un chico olía distintos objetos pertenecientes a distintas mujeres a las que nunca había visto antes. Luego, los clasificaba y decidía cuál le gustaba más. Al final del experimento se entrevistaba con las chicas en un parque, a suficiente distancia como para no identificar su humor. Sorprendentemente, la que más le gustaba en todos los sentidos coincidía con el olor que él había catalogado como su favorito. El experimento pretendía demostrar, entre otras cosas, qué significa que haya química entre la gente, así como lo útil que sigue siendo nuestro olfato al tomar decisiones vitales. Y es que, según decían los científicos, nuestro humor está cargado de sustancias que son decodificadas por el cerebro de los demás, determinando así la afinidad genética –sí, genética- entre dos personas, tanto para la reproducción como para otras tantas situaciones sociales, como formar un equipo, elegir pareja de baile o identificar a un potencial rival. (Ay, güey. Retomando el dicho popular: por sus olores los conocerás.) Los aromas son tan poderosos que pueden dejarnos una cicatriz imborrable en la memoria, esa máquina increíblemente perfecta capaz de hacernos reconocer a qué huele lo que nos ha lastimado y también lo que amamos profundamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario